🧿 La 1:09h de la madrugada. El motor del matatu se apaga con un quejido y un silencio espeso nos envuelve.
🧿 La 1:09h de la madrugada. El motor del matatu se apaga con un quejido y un silencio espeso nos envuelve.
El viaje ha sido una prueba de resistencia: seis horas de trayecto en estas furgonetas sobrecargadas que desafían las leyes de la física y de la seguridad. Cada tramo del trayecto nos ha ido revelando un torrente de vida: un latido constante de colores vibrantes, sonidos caóticos y polvo rojo filtrándose por cada rendija del matatu. El traqueteo del motor era ensordecedor, un rugido que se mezclaba con la cacofonía de bocinas, gritos y música distorsionada escapando de alguna radio vieja. El aire, denso y pegajoso, olía a tierra húmeda y gasolina. El espacio era mínimo. Seis horas apretado entre cuerpos sudorosos, rodillas encajadas y mochilas a modo de improvisados reposabrazos. A través de la ventanilla, el paisaje iba cambiando como un parpadeo de la memoria: de la calma ordenada de Entebbe al caos polvoriento de Nabingoola. Aquí, la vida no se oculta tras fachadas bonitas ni comodidades artificiales. Niños descalzos corren junto a la carretera con sonrisas enormes y ropa gastada, levantando nubes de polvo que parecen bailar con sus pasos veloces y esa energía inagotable. En pequeños patios de tierra roja, gallinas enjauladas cacarean inquietas y cabras atadas mastican resignadas. El aire está cargado de humo de leña, de comida simple cocinándose a fuego lento, de un dulzor lejano que no logro descifrar.
Cuando finalmente llegamos a la casa de Cooperating Volunteers, la fatiga pesa en los hombros, pero la curiosidad me mantiene los ojos abiertos. Nos esperan los compañeros con sonrisas sinceras y una cena humilde: arroz con guisantes que humea en platos de metal. La luz parpadeante de una bombilla desnuda proyecta sombras danzantes en las paredes, dando al momento un aire estremecedor digno de un sueño muy logrado. Me siento junto a Fran, un chico de rastas que lleva diez meses aquí. Habla con la serenidad de quien ha visto demasiado y ya no se sorprende fácilmente. Me cuenta su historia entre bocados pausados: cuando le caducó el visado, envió su pasaporte en boda boda hasta la frontera con la República Democrática del Congo para renovarlo. Su voz grave y reposada se desliza entre relatos de guerra por el coltán, del miedo latente al reciente brote de ébola en Beni y Kivu, de la corrupción y la miseria que impregnan el país como un eco latente imposible de borrar.
Durante la sobremesa, mis ojos se desvían una y otra vez hacia la esquina del salón. La guitarra ha estado ahí todo el tiempo, discreta, esperando. Parece como si esas cuerdas llevasen calladas demasiado tiempo. Finalmente, cedo a la tentación. Me acerco a ella, cuya única misión parece ser decorativa, y siento que una señal así quiere decir algo más. Sin pensarlo demasiado la afino de oído y dejo que las primeras notas de Snow (Hey Oh) de los Red Hot Chili Peppers floten en el aire tibio de la noche. Las voces se suman, primero tímidas y luego entre risas y estribillos desafinados. Y siento que por fin estoy aquí. No como visitante, sino como parte de algo más grande.
El cansancio es latente. Me miro en el espejo y mis ojos descansan enrojecidos bajo unos párpados que pesan. Me lavo los dientes con agua tibia de una botella y el sabor de la pasta se mezcla con el polvo del día. Bajo la mosquitera, escucho el canto incesante de los grillos y, a lo lejos, el ulular de algún animal desconocido. El aire huele a humedad, a madera vieja, a vida en su estado más puro. Cruda. Salvaje.
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